¿En qué medida son fiables nuestros recuerdos? Un estudio reciente dirigido por Kimberley Wade y sus colegas de la Universidad de Warwick, demuestra que algunos de nuestros más preciados recuerdos pueden no ser otra cosa que fantasías.
Wade les pidió a veinte personas que persuadieran a un miembro de su familia para que participara en un experimento que supuestamente estudiaría por qué la gente tiene reminiscencias de episodios de su infancia. Los investigadores también solicitaron a estas personas que les suministraran en secreto una fotografía del sujeto cuando era niño. Los investigadores luego usaron esta imagen para crear una fotografía falsa que mostraba al niño en un viaje en un globo aerostático. Finalmente, los investigadores les pidieron que obtuvieran otras tres fotografías que mostraran a esta persona en varios eventos genuinos de su infancia, tales como cumpleaños, viajes a la playa, o un día en el zoológico.
Los participantes fueron entrevistados tres veces durante un período de dos semanas. En cada uno de los encuentros, se les mostraron las tres fotografías genuinas y la falsa, y se los alentó para que contaran todo lo que pudieran recordar acerca de cada una de las experiencias. En la primera entrevista, casi todos pudieron recordar detalles de los sucesos verdaderos, pero un tercio dijo que también recordaba el inexistente viaje en globo, el cual algunos llegaron a describir en forma bastante detallada. Los investigadores les pidieron a todos que se retiraran y pensaran un poco más sobre las experiencias.
Para la tercera y última entrevista, la mitad de los participantes recordaba el viaje ficticio en globo, y muchos describieron la travesía con algunos detalles. Un participante que, en la entrevista inicial, había afirmado correctamente que nunca había estado en un globo aerostático, terminó narrando el siguiente relato de la inexistente excursión:
"Estoy casi totalmente seguro de que sucedió cuando estaba en primer grado de la escuela local... por diez dólares o una cantidad parecida podías subir a un globo que se elevaba unos veintitantos metros... debe haber sido un sábado... y estoy seguro de que mamá estaba en tierra sacando fotos."
El trabajo de Wade es solamente uno de una larga lista de experimentos que demuestran que las personas pueden ser manipuladas para que recuerden sucesos de la infancia que en realidad nunca ocurrieron, tales como haberse extraviado en un centro comercial siendo niños, haber estado hospitalizados durante una noche, derramado accidentalmente una ponchera sobre los padres de la novia durante un banquete de bodas, que debieron evacuar una tienda de comestibles porque el sistema rociador entró en funcionamiento y que provocaron que un coche chocara contra otro vehículo por soltar el freno.
El trabajo demuestra que nuestras mentes son mucho más maleables de lo que nos gustaría creer. Una vez que una figura con autoridad sugiere que hemos experimentado un suceso, a muchos de nosotros se nos hace difícil negarlo y comenzamos a llenar los huecos con nuestra imaginación. Después de un tiempo, se vuelve casi imposible separar la ficción de la realidad y comenzamos a creer la mentira. El efecto es tan poderoso que a veces ni siquiera es necesaria la voz de la autoridad para engañarnos. Muchas veces somos perfectamente capaces de engañarnos a nosotros mismos.
En diciembre de 1983, el presidente estadounidense Ronald Reagan habló ante la Sociedad de la Medalla de Honor del Congreso. Decidió relatar una supuesta historia de la vida real que había contado muchas veces antes.
Reagan describió como, durante la segunda guerra mundial, un bombardero B-17 regresaba dificultosamente sobre el Canal de la Mancha, seriamente averiado por el fuego antiaéreo. La torreta de la ametralladora que colgaba debajo del avión había sido alcanzada; el artillero estaba en su interior, herido, y la puerta, atascada . El avión comenzó a perder altura y el comandante ordenó a sus hombres que saltaran en paracaídas. El artillero estaba atrapado en la torreta y sabía que caería junto con la aeronave. El último hombre en saltar del avión relató más tarde cómo había visto a su comandante sentado junto a la torreta, diciéndole al aterrorizado artillero: "No te preocupes, hijo, bajaremos juntos".
Reagan explicó cómo este notable acto de coraje llevó a que le fuera otorgada al comandante la Medalla de Honor del Congreso de forma póstuma, y finalizó esta parte de su emotivo discurso remarcando cómo los Estados Unidos habían acertado al otorgar su más alto honor "... a un hombre dispuesto a sacrificar su vida solamente por consolar a un joven que iba a morir".
Es una maravillosa historia, que adolece solamente de un pequeño problema. Nunca ocurrió realmente. Después de revisar las menciones de las 434 Medallas de Honor del Congreso otorgadas durante la segunda guerra mundial, los periodistas no pudieron hallar ninguna referencia a este episodio ni cosa parecida. Finalmente, un miembro del público señaló que la historia encajaba casi exactamente con los sucesos relatados en una popular película del tiempo de la guerra, A Wing and a Prayer. En la escena culminante del filme, un operador de radio le informa al piloto que el avión está gravemente averiado y que él se encuentra herido y no puede moverse. El piloto le responde: "No tengo suficiente altitud, Mike. Haremos este viaje juntos".